¿Existió Jesús?

 


¿CREE usted que alguna vez existió el hombre llamado Albert Einstein? Quizás responda enseguida que sí, pero ¿por qué lo cree? La mayoría de la gente no lo conoció personalmente. Sin embargo, los datos confiables acerca de sus logros demuestran que sí existió. Su influencia se ve en la aplicación científica de sus descubrimientos. Por ejemplo, muchos se benefician de la electricidad producida por la energía nuclear, la cual se pudo liberar gracias a la aplicación de la famosa ecuación de Einstein: E=mc(la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado)

El mismo razonamiento es aplicable a Jesucristo, a quien se le conoce como el hombre que mayor impacto ha tenido en la historia. Lo que se escribió de él y la notoria influencia que ejerció demuestran su existencia más allá de toda duda. Y aunque las evidencias cada vez son mas, aun hay algunos que no creen que Jesús haya existido. Veamos las pruebas históricas que muestran si realmente existió:  

¿Qué dice la erudición? 

  • Michael Grant

  • Historiador y experto en antigüedad clásica, señaló: “Si, como debemos, aplicamos al Nuevo Testamento el mismo criterio que debemos aplicar a otros escritos antiguos que contienen información histórica, no podemos rechazar la existencia de Jesús, así como no podemos rechazar la existencia de muchísimos personajes paganos cuya historicidad nunca se pone en duda”.
  • Rudolf Bultmann 

  • Profesor de Estudios del Nuevo Testamento, dijo: “La duda de si Jesús realmente existió carece de fundamento y no vale la pena discutir sobre ello. Nadie puede cuestionar que Jesús fundó el movimiento histórico cuya etapa inicial más característica fue la comunidad primitiva [de cristianos] de Palestina”.

  • Will Durant 

  • Historiador, escritor y filósofo, afirmó: “Que unos pocos hombres sencillos [los escritores de los Evangelios] hubiesen podido, en una generación, haber inventado una personalidad tan poderosa y atractiva, una ética tan elevada y una concepción tan confortadora de la hermandad humana, sería un milagro mucho más increíble que cualquiera de los consignados en los Evangelios”.

Los Historiadores clásicos 

  • Tácito

    TÁCITO

    (c. 56-120) A Tácito se le considera uno de los grandes historiadores de la Roma antigua. Su obra Anales trata la historia del Imperio romano desde el año 14 hasta el 68 (Jesús murió en el año 33). Tácito escribió que el gran incendio que devastó la ciudad de Roma en el año 64 se le atribuyó al emperador Nerón, pero que Nerón culpó del incendio a los cristianos “para acabar con los rumores”. Luego añadió: “Aquel de quien tomaban el nombre, Cristo, había sido ejecutado en el reinado de Tiberio por el procurador Poncio Pilato” (Anales, XV, 44).


  • Suetonio

    SUETONIO

    (c. 69-d. 122) En su obra Vida de los césares, el historiador romano Suetonio narró los sucesos acontecidos en los reinados de los primeros once emperadores romanos. En la sección dedicada a Claudio, hizo referencia a unos disturbios que surgieron entre los judíos de Roma, tal vez provocados por disputas a causa de Jesús (Hechos 18:2). Suetonio escribió: “Puesto que los judíos constantemente causaban disturbios por instigación de Cresto [Cristo], él [Claudio] los expulsó de Roma” (El divino Claudio, XXV, 4). Aunque culpó erróneamente a Jesús de generar disturbios, Suetonio no dudó de su existencia.


  • Plinio el Joven

    PLINIO EL JOVEN

    (c. 61-113) Fue escritor y gobernador de Bitinia (actual Turquía). En una carta que envió al emperador romano Trajano, Plinio le preguntó cómo debía tratar a los cristianos. Le dijo que había intentado obligarlos a renegar de su fe y que había ejecutado a todos los que se negaron a hacerlo. Agregó: “Quienes repitieron conmigo una invocación a los dioses [paganos] y ofrecieron ritos religiosos con vino e incienso delante de tu estatua [...] y maldijeron a Cristo [...,] pensé apropiado absolverlos” (Plinio el Joven, Cartas, Libro X, XCVI).

  • Flavio Josefo

     


    FLAVIO JOSEFO  

    (c. 37-100) Josefo, historiador y sacerdote judío, escribió que Anás, sumo sacerdote que continuó ejerciendo mucha influencia política, hizo lo siguiente: “Reunió el sanedrín [el tribunal supremo judío]. Llamó a juicio al hermano de Jesús que se llamó Cristo; su nombre era Jacobo [o Santiago]” (Antigüedades judías, XX, 200).



El Talmud  

Esta colección de escritos rabínicos judíos, que data de los siglos tercero a sexto, muestra que hasta los enemigos de Jesús confirmaron su existencia. Un pasaje dice que en “la Pascua, Yeshu [Jesús] el Nazareno fue colgado”, dato que es históricamente correcto (El Talmud de Babilonia, Sanedrín 43a, según la lectura del Códice de Múnich; vea Juan 19:14-16). En otro declara lo siguiente: “Que no tengamos hijo ni discípulo que se deje estropear en público como el Nazareno”, título con el que se solía llamar a Jesús (El Talmud de Babilonia, Berajot 17b, nota, según la lectura del Códice de Múnich; vea Lucas 18:37).

Luciano (165 d.C.) 

El escritor griego Luciano de Samosata satiriza a los cristianos en su obra «La muerte de Peregrino»: «Consideraron a Peregrino un dios, un legislador y le escogieron como patrón…, sólo inferior al hombre de Palestina que fue crucificado por haber introducido esta nueva religión en la vida de los hombres (...) Su primer legislador les convenció de que eran inmortales y que serían todos hermanos si negaban los dioses griegos y daban culto a aquel sofista crucificado, viviendo según sus leyes». 

Mara Bar Sarapión (Finales del siglo I)   

Existe una carta de Mara Ben Sarapión en sirio a su hijo en la que se refiere así a Jesús, aunque no lo menciona por su nombre: «¿Qué provecho obtuvieron los atenienses al dar muerte a Sócrates, delito que hubieron de pagar con carestías y pestes? ¿O los habitantes de Samos al quemar a Pitágoras, si su país quedó pronto anegado en arena? ¿O los hebreos al ejecutar a su sabio rey, si al poco se vieron despojados de su reino? Un dios de justicia vengó a aquellos tres sabios. Los atenienses murieron de hambre; a los de Samos se los tragó el mar; los hebreos fueron muertos o expulsados de su tierra para vivir dispersos por doquier. Sócrates no murió gracias a Platón; tampoco Pitágoras a causa de la estatua de Era; ni el rey sabio gracias a las nuevas leyes por él promulgadas».  

El testimonio de los seguidores de Jesús 

“El Nuevo Testamento suministra casi toda la prueba necesaria para hacer una reconstrucción histórica de la vida y la muerte de Jesús y para entender la importancia que le atribuían los primeros cristianos”, comenta The Encyclopedia Americana. Puede que los escépticos no acepten la Biblia como prueba de la existencia de Jesús; sin embargo, hay dos líneas argumentales basadas en relatos bíblicos que ayudan a establecer el hecho de que Jesús sí vivió en la Tierra.

Como ya se ha explicado, las grandes teorías de Einstein dan prueba de su existencia. De igual manera, las enseñanzas de Jesús prueban que él realmente existió. Tomemos como ejemplo el Sermón del Monte, un famoso discurso que pronunció Jesús (Mateo, capítulos 5 a 7). El apóstol Mateo escribió lo siguiente respecto a su impacto: “Las muchedumbres quedaron atónitas por su modo de enseñar; porque les enseñaba como persona que tiene autoridad” (Mateo 7:28, 29). Tocante al efecto que dicho sermón ha tenido en la gente a lo largo de los siglos, el profesor Hans Dieter Betz observó: “La influencia del Sermón del Monte por lo general trasciende con mucho los límites del judaísmo y del cristianismo, o hasta de la cultura occidental”, y añadió que este sermón tiene “un atractivo excepcionalmente universal”.

Fijémonos en los siguientes principios concisos, prácticos y llenos de sabiduría que se hallan en el Sermón del Monte: “Al que te dé una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”. “Cuídense mucho para que no practiquen su justicia delante de los hombres.” “Nunca se inquieten acerca del día siguiente, porque el día siguiente tendrá sus propias inquietudes.” “No [...] tiren sus perlas delante de los cerdos.” “Sigan pidiendo, y se les dará.” “Todas las cosas que quieren que los hombres les hagan, también ustedes de igual manera tienen que hacérselas a ellos.” “Entren por la puerta angosta.” “Por sus frutos los reconocerán.” “Todo árbol bueno produce fruto excelente.” (Mateo 5:39; 6:1, 34; 7:6, 7, 12, 13, 16, 17.)

No cabe duda de que usted ha oído algunas de estas expresiones o, al menos, su esencia. Tal vez hasta se han convertido en proverbios en su idioma. Todas han sido tomadas del Sermón del Monte. La influencia que ejerce este sermón en muchos pueblos y culturas da elocuente testimonio de la existencia del Gran Maestro.

Imaginémonos que alguien hubiera inventado un personaje llamado Jesucristo. Supongamos que fuese lo bastante inteligente como para idear las enseñanzas que la Biblia atribuye a Jesús. ¿No se las ingeniaría para hacer que Jesús y sus enseñanzas resultaran lo más agradables posible a la gente en general? No obstante, el apóstol Pablo dijo: “Tanto los judíos piden señales como los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo fijado en el madero; para los judíos causa de tropiezo, pero para las naciones necedad” (1 Corintios 1:22, 23). El mensaje acerca de Cristo fijado en el madero no era agradable ni a los judíos ni a las naciones. Sin embargo, ese era el Cristo que predicaban los cristianos del siglo primero. ¿Por qué hacían referencia a Cristo fijado en el madero? La única respuesta satisfactoria es que quienes redactaron las Escrituras Griegas Cristianas narraron la verdad acerca de la vida y la muerte de Jesús.

Otra línea de razonamiento que apoya la historicidad de Jesús se halla en la predicación incansable de sus enseñanzas que efectuaron sus seguidores. Tan solo unos treinta años después de que Jesús empezara su ministerio, Pablo pudo decir que las buenas nuevas “se ha[bían] predicado en toda la creación que está bajo el cielo” (Colosenses 1:23). Así es, las enseñanzas de Jesús se difundieron por todo el mundo antiguo a pesar de la oposición. Pablo, quien fue perseguido por ser cristiano, escribió: “Si Cristo no ha sido levantado, nuestra predicación ciertamente es en vano, y nuestra fe es en vano” (1 Corintios 15:12-17). Si predicar a un Cristo que no hubiera sido resucitado sería en vano, más en vano sería predicar a un Cristo que nunca hubiera existido. Como escribió Plinio el Joven, los cristianos del siglo primero estaban dispuestos a morir por su creencia en Cristo Jesús. Arriesgaron la vida por Cristo porque él era real; había vivido en la Tierra y había realizado lo que relatan los Evangelios. 

Es interesante este comentario: “Estos relatos independientes demuestran que en la antigüedad ni siquiera los opositores del cristianismo dudaron de la historicidad de Jesús, que comenzó a ponerse en tela de juicio, sin base alguna, a finales del siglo XVIII, a lo largo del XIX y a principios del XX” (Encyclopædia Britannica, edición de 2002).

En 2006, el libro Jesús y la arqueología señaló: “Ningún especialista serio cuestiona hoy en día la existencia de un judío llamado Jesús hijo de José; admiten muy gustosos que actualmente sabemos una cantidad considerable de cosas acerca de lo que hizo y de sus enseñanzas básicas”.

Y estoy seguro de que hay mas evidencias, pero creo que estas, son mas que suficientes. 

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