"Toda Escritura es Inspirada por Dios" La Ciencia y Génesis

 


En esta entrada vamos a examinar versículo por versículo el capitulo uno de Genesis y veremos que dice la ciencia la respecto. 

"En el principio, Dios creó los cielos y la tierra" -Génesis 1:1

Este es posiblemente, el versículo mas científico de toda la Biblia ya que su veracidad se confirmo hasta hace unas décadas. Genesis se escribió hace unos 3, 500 años, y a diferencia de los otros relatos de la creación, este mostro que el universo físico tuvo un comienzo.

Aristótelesfilósofo del siglo III a.e.c, propuso que el universo era eterno, incausado, sin principio ni final. Esta creencia fue aceptada por la comunidad científica atea, con tal de no creer en Dios. Pero en los años 20 Edwin Hubble descubrió algo que cambiaria la historia, el descubrió que hay millones de galaxias en el universo y que éstas están alejándose de nosotros a velocidades enormes, y si se están expandiendo, en algún punto tuvieron que comenzar a expandirse. El cura George Lemaitre fue el que propuso la "primera teoría" del Big Bang, pero esta teoría se acepto hasta décadas después, a pesar de que la evidencia era tan abrumadora (Esta teoría no se había aceptado porque si el universo tuvo un inicio, entonces lógicamente tuvo que tener un iniciador, algo que no le gusto nada a la comunidad científica atea). Hoy los científicos aceptan que el universo tuvo un comienzo, el Big Bang, algo que armoniza completamente con Genesis 1:1.  

"Ahora bien, la tierra no tenía forma y estaba vacía. La oscuridad cubría la superficie de las aguas profundas, y el espíritu de Dios se movía de un lado a otro por encima de las aguas"     -Génesis 1:2 

Según la obra Greek and English Lexicon to the New Testament (Londres, 1845, pág. 2), el término griego á·bys·sos significa “muy o sumamente profundo”. Para el Greek-English Lexicon (de Liddell y Scott, Oxford, 1968, pág. 4), el significado es “insondable, ilimitado”. La Septuaginta griega lo utiliza por lo general para traducir la palabra hebrea tehóhm (profundidad acuosa o aguas profundas), en Génesis 1:2.  

Génesis 1:1, 2 hace referencia a un tiempo anterior a los seis “días” bosquejados en el cuadro. Cuando estos “días” comenzaron, el Sol, la Luna y las estrellas ya existían, como se explicita en Génesis 1:1. Sin embargo, antes de estos seis “días” de obra creativa, “la tierra se hallaba sin forma y desierta y había oscuridad sobre la superficie de la profundidad acuosa”. (Gé 1:2.) Aún había un manto de nubes que envolvía la tierra y que impedía la llegada de la luz hasta su superficie. No había continentes ni terreno fértil. Pero las siguientes palabras ponen de relieve lo que, en opinión de los científicos, es el principal requisito para que un planeta pueda albergar vida: que tenga agua en abundancia. En efecto, el relato pasa a decirnos que el espíritu de Dios “se movía de un lado a otro sobre la superficie de las aguas” (Génesis 1:2). Para que el agua de su superficie permanezca en estado líquido, un planeta debe estar a la distancia justa de su sol. “Marte es demasiado frío; Venus, demasiado caliente; la Tierra está precisamente donde debe estar”, explica el científico planetario Andrew Ingersoll. A diferencia de otros líquidos, el agua, tiene la insólita propiedad de disminuir en peso al aproximarse su temperatura al punto de congelación, de modo que el agua más fría entonces se eleva y forma una capa protectora de hielo sobre los lagos y mares. Si el hielo fuera más pesado que el agua, hace mucho que esta Tierra se hubiera convertido en un “congelador” en el cual no podría existir la vida. Hoy en día, el agua sirve de disolvente, para irrigar el terreno, de fuente de energía eléctrica... hasta dos terceras partes de nuestro cuerpo están compuestas de agua. Sin agua no podríamos vivir. El sabio Creador previó todo esto cuando cubrió la tierra con una “profundidad acuosa.”

3 "Y Dios dijo: “Que haya luz”. Así que hubo luz. 4 Después de eso, Dios vio que la luz era algo bueno, y empezó a separar la luz de la oscuridad. 5   Dios llamó a la luz Día, y a la oscuridad, Noche. Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el primer día"  -Génesis 1:3-5

Cuando Dios dijo el Día Primero: “Llegue a haber luz”, debió penetrar luz difusa a través de ese manto de nubes, aunque todavía no era posible distinguir desde la superficie terrestre las fuentes de las que procedía. Parece ser que este fue un proceso gradual, como lo muestra la versión (en inglés) de J. W. Watts: “Y gradualmente vino a la existencia la luz”. (Génesis 1:3A Distinctive Translation of Genesis.) Dios efectuó una división entre la luz y la oscuridad, y llamó a la luz Día, y a la oscuridad, Noche. Esto indica que la Tierra giraba en torno a su eje durante su movimiento de traslación alrededor del Sol, de modo que los hemisferios oriental y occidental alternaban períodos de luz y de oscuridad. (Génesis 1:3, 4.) Igualmente, la vegetación necesita cierta cantidad de luz. Y a este respecto, es notable que el relato bíblico indique que ya en un temprano período creativo Dios hizo que la luz del sol se filtrara a través de las densas nubes de vapor de agua que cubrían el océano como si fueran el “pañal” de un bebé (Job 38:4, 9; Génesis 1:3-5).

De hecho Wenlong He, físico experimental en una entrevista admitió lo siguiente: 

"¿Qué ejemplo de diseño ha visto en la naturaleza?

Casi todo tipo de vida terrestre depende de la energía solar, la cual viaja por el espacio en forma de radiación de diversas longitudes de onda. Los rayos de longitud más corta son los rayos gamma, que son mortales. Le siguen los rayos X, los ultravioleta, la luz visible, los infrarrojos, las microondas y las ondas de radio, que son las más largas. Cabe notar que nuestra atmósfera bloquea la mayoría de los rayos que nos hacen daño, pero deja pasar a la superficie terrestre los que necesitamos.  

¿Por qué le sorprende esto?

Me impresionaron las palabras con las que empieza el relato de la creación en la Biblia y lo que se dice sobre la luz: “Dios procedió a decir: ‘Llegue a haber luz’. Entonces llegó a haber luz” (Génesis 1:3)Aunque solo una pequeña porción de los rayos que llegan del Sol son luz visible, necesitamos esa luz para vivir. Las plantas los necesitan para producir nuestro alimento, y nosotros, para ver. No puede ser coincidencia que la atmósfera deje pasar sin estorbos precisamente esos rayos. Y más sorprendente aún es la cantidad de rayos ultravioleta que deja pasar. 

¿Qué tiene eso de sorprendente?

Bueno, necesitamos una pequeña cantidad de rayos ultravioleta para que nuestra piel pueda producir vitamina D, que es indispensable para tener huesos sanos y para estar protegidos del cáncer y otras enfermedades. Ahora bien, el exceso de estos rayos causa cáncer de piel y cataratas. En condiciones óptimas, la atmósfera deja entrar la cantidad exacta de rayos ultravioleta. En mi opinión, esto es una prueba de que alguien diseñó la Tierra para que sostuviera la vida.

Poco a poco, Huabi (su esposa) y yo nos convencimos de que existe un Creador y de que inspiró la Biblia."

6 "Entonces Dios dijo: “Que haya una expansión en medio de las aguas, que haya una separación entre las aguas y las aguas”. 7 Y Dios pasó a hacer la expansión y separó las aguas que estaban debajo de la expansión de las aguas que estaban encima. Eso fue lo que ocurrió. 8 Dios llamó a la expansión Cielo. Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el segundo día"  - Génesis 1:6-8  

Durante el Día Segundo, Dios hizo una expansión causando que ocurriera una división “entre las aguas y las aguas”. Algunas aguas permanecieron sobre la tierra y otras, en gran cantidad, fueron elevadas muy por encima de la superficie terrestre, de manera que entre ambas llegó a haber una expansión. A esta Dios la llamó Cielo, aunque tan solo con relación a la tierra, pues no se dice que las aguas suspendidas sobre la expansión abarcaran a las estrellas u otros cuerpos del espacio exterior. 

Más adelante, el registro dice que aparecieron las lumbreras en “la expansión de los cielos”, y después las criaturas voladoras que volaban sobre la tierra: “Sobre la faz de la expansión de los cielos”. (Génesis 1:14, 15, 17, 20.)

La Versión de los Setenta griega usó la palabra ste·ré·ō·ma (que significa “estructura firme y sólida”) para traducir la voz hebrea ra·qí·aʽ, y la Vulgata latina empleó el término latino firmamentum, que también transmite la idea de algo sólido y firme. Muchas versiones (BJ, NC y otras) traducen ra·qí·aʽ por “firmamento”, aunque algunas de ellas ofrecen como alternativa en sus notas “extensión” (Scío, TA). En la misma línea, otras traducen “estrato” (PIB) o “expansión” (ATI, BAS, MK, Mod, NM, Val).

Hay quienes se han empeñado en tratar de demostrar que el antiguo concepto hebreo del universo era que la Tierra tenía una cúpula perforada por cuyos agujeros pasaba la lluvia, y que las estrellas estaban fijas en el interior de esa cúpula sólida. Tanto en diccionarios bíblicos como en algunas traducciones de la Biblia se pueden ver diagramas que representan tal concepto. Comentando sobre esta idea, The International Standard Bible Encyclopaedia dice: “Pero esta suposición en realidad se basa más en las ideas prevalecientes en Europa durante la Edad Media que en alguna declaración específica del A[ntiguo] T[estamento]” (edición de J. Orr, 1960, vol. 1, pág. 314).

Si bien es cierto que la raíz (ra·qáʽ) de la que se deriva ra·qí·aʽ se usa por lo general con el sentido de ‘batir’ algo sólido, ya sea con la mano, con el pie o con algún instrumento (compárese con Éxodo 39:3; Ezequiel 6:11), en algunos casos no es lógico descartar el que la palabra pueda usarse en sentido figurado. Por ejemplo, en Job 37:18 Elihú pregunta respecto a Dios: “¿Puedes tú con él batir [tar·qí·aʽ] los cielos nublados, duros como un espejo fundido?”. Se puede ver que no se está hablando del batido literal de una bóveda celeste sólida por el hecho de que la palabra “cielos” empleada aquí se deriva de un término (schá·jaq) que también se traduce “capa tenue de polvo” o “nubes”. (Isaías 40:15; Salmos 18:11.) En vista de la apariencia nebulosa de aquello que es ‘batido’, es obvio que el escritor bíblico se limita a comparar de manera figurativa a los cielos con un espejo de metal cuya faz bruñida emite un reflejo brillante. (Compárese con Daniel 12:3.) 

Lo mismo sucede con la “expansión” que se produjo en el segundo “día” creativo: no se describe el batido de ninguna sustancia sólida, sino, más bien, la creación de un espacio abierto o una división entre las aguas que cubrían la Tierra y otras aguas que estaban por encima de ella. Así se explica la formación de la expansión atmosférica que rodea la Tierra, y se indica que hubo un tiempo en que no había tal división clara o espacio abierto, sino que todo el globo estaba envuelto en vapor de agua. Este hecho concuerda también con el razonamiento científico acerca de las etapas primitivas de la formación del planeta y el punto de vista de que en un tiempo toda el agua de la Tierra existía en forma de vapor atmosférico debido al gran calor de la superficie de la Tierra. 

La advertencia que se dio a Israel mediante Moisés prueba que los escritores hebreos de la Biblia no concebían un cielo formado originalmente de metal bruñido, pues se dijo a la nación que en caso de desobedecer a Dios, el resultado sería: “Tus cielos que están sobre tu cabeza también tienen que llegar a ser de cobre; y la tierra que está debajo de ti, de hierro”, una advertencia que describe en términos metafóricos los efectos del intenso calor y la fuerte sequía sobre los cielos y la tierra de Israel. (Deuteronomio 28:23, 24.)

Asimismo, es obvio que los antiguos hebreos no compartían el concepto pagano de la existencia de “ventanas” literales en la cúpula del cielo a través de las cuales descendía la lluvia a la Tierra. Con exactitud y rigor científico, el escritor de Job cita la explicación de Elihú sobre el proceso de la lluvia: “Pues él atrae hacia arriba las gotas de agua; se filtran como lluvia para su neblina, de modo que las nubes [scheja·qím] destilan, gotean sobre la humanidad abundantemente”. (Job 36:27, 28; Compárese con Eclesiastés 1:7; Isaías 55:10) Del mismo modo, la frase “compuertas [ʼarub·bóth] de los cielos” es claramente una expresión figurativa. (Compárese con Génesis 7:11; 2 Reyes 7:1, 2, 19; Malaquías 3:10; véanse también Proverbios 3:20; Isaías 5:6; 45:8; Jeremías 10:13.)  

En su visión de sucesos celestiales, Ezequiel describe “la semejanza de una expansión como el chispear de hielo sobrecogedor” sobre la cabeza de las cuatro criaturas vivientes. El relato abunda en expresiones figurativas. (Ezequiel 1:22-26; 10:1.)

Aunque la formación de la expansión, o atmósfera, no requirió que se “batiese” ninguna sustancia, como, por ejemplo, algún metal, debe recordarse que la mezcla de gases que componen la atmósfera terrestre es tan material como la tierra y el agua, y tiene peso por sí misma (aparte de contener agua e infinidad de partículas sólidas, como polvo). Se calcula que el peso del aire que rodea la Tierra supera los 5.200 billones de toneladas métricas. (The World Book Encyclopedia, 1987, vol. 1, pág. 156.) La presión atmosférica al nivel del mar es de más o menos 1 Kg. por cm.⁠2. También ejerce resistencia a los meteoritos que chocan contra la inmensa capa de aire que envuelve la Tierra, de manera que la gran mayoría de los que penetran en ella se consumen por la fricción con la atmósfera. Por lo tanto, la fuerza que comunica la palabra hebrea ra·qí·aʽ concuerda con la prueba científica.

9 "Entonces Dios dijo: “Que las aguas que están debajo de los cielos se junten en un mismo lugar y aparezca el suelo seco”. Y así ocurrió. 10 Dios llamó al suelo seco Tierra, y al conjunto de aguas, Mares. Y Dios vio que esto era bueno. 11 Entonces Dios dijo: “Que la tierra produzca hierba, plantas con semilla y árboles frutales según sus géneros, y que den fruto y semilla”. Y así ocurrió. 12 La tierra empezó a producir hierba, plantas con semilla y árboles que dan fruto y semilla, todos según sus géneros. Y Dios vio que esto era bueno. 13 Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el tercer día."  - Génesis 1:9-13 

Durante el transcurso de los “días” creativos las aguas superficiales bajaron y apareció la tierra seca. Posiblemente Dios se valió de las fuerzas geológicas que todavía mueven hoy las placas de la Tierra para hacer ascender las plataformas oceánicas y formar los continentes. Así pudo haberse producido la tierra seca y las profundas cuencas oceánicas, de cuyo relieve los oceanógrafos han trazado mapas que estudian con gran interés (compárese con Salmo 104:8, 9). 

Así es que Dios produjo maravillosas estructuras celulares, hechas para multiplicarse según un “plano” encerrado en cada una de sus células. Algunos “géneros” llegaron a ser árboles majestuosos, que suministran sombra y dan consistencia al terreno. Otros “géneros” llegaron a ser árboles más pequeños y arbustos, que daban frutos, nueces y bayas, para suministrar, junto con las hortalizas y verduras, una sabrosa variedad de alimentos. Dios produjo una gloriosa colección de flores para adornar y embellecer la Tierra.  

También fue en este día cuando Dios, no la casualidad ni ningún proceso evolutivo, confirió a la materia inanimada el principio vital, de modo que vinieron a la existencia la hierba, la vegetación y los árboles frutales. Cada una de estas tres divisiones generales podía reproducirse según su “género”. (Gé 1:9-13.) 

Al parecer, Génesis 2:5, 6 habla de las condiciones en aquel “día”, justo después de que Dios hizo aparecer la tierra seca, pero antes de que esta produjese hierba, vegetación que da semilla y árboles frutales. Con el fin de suministrar la humedad necesaria para la venidera vida vegetal, Jehová hizo que regularmente subiese de la Tierra una neblina para regar el suelo. Esta mantenía la vegetación floreciente por toda la Tierra, aunque en aquel entonces no llovía. A pesar de que las lumbreras celestes no se percibieron claramente en la expansión hasta el cuarto “día” creativo (Gé 1:14-16), es obvio que para el tercer “día” ya había suficiente luz difusa como para que la vegetación creciese. (Véase Comentario exegético-devocional a toda la Biblia, de Matthew Henry, 1983, “Pentateuco”, pág. 9. Compárese con Gé 1:3Scío, nota.) Todo esto esta confirmado por la ciencia. Como lo aclara el astrónomo Robert Jastrow: 

“Ahora vemos que la prueba que presenta la astronomía conduce al punto de vista bíblico sobre el origen del mundo. Los detalles difieren, pero los elementos esenciales del relato astronómico y del bíblico son iguales: la cadena de sucesos que culminó en la aparición del hombre comenzó repentina y bruscamente en un momento específico del tiempo, en un instante de luz y energía”. (God and the Astronomers [Dios y los astrónomos], 1978, pág. 14.)    

14 "Entonces Dios dijo: “Que haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche, y servirán de señal para marcar las estaciones, los días y los años.15 Servirán de lumbreras en la expansión de los cielos para iluminar la tierra”. Y así ocurrió. 16 Dios pasó a hacer las dos grandes lumbreras: la más grande para gobernar el día y la más pequeña para gobernar la noche. También hizo las estrellas. 17 Así que Dios las puso a todas en la expansión de los cielos para iluminar la tierra, 18 para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de la oscuridad. Y Dios vio que esto era bueno. 19 Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el cuarto día." - Génesis 1:14-19 

Con anterioridad, en el primer “día”, se había usado la expresión “Llegue a haber luz”. La palabra hebrea que se utiliza en este texto para luz es ʼohr, que significa luz en sentido general, mientras que en el cuarto “día” la palabra hebrea cambia a ma·ʼóhr, cuyo significado es una lumbrera o fuente de luz. (Génesis 1:14.) De modo que el primer “día” debió penetrar una luz difusa a través del manto de nubes, aunque desde la superficie terrestre no sería posible ver las fuentes de las que procedía esa luz. Luego, en el cuarto “día”, las cosas cambiaron. El paso de las cuatro estaciones marca visiblemente un período anual; las estaciones se deben a la inclinación del eje de la Tierra con relación a su plano de traslación, y se suceden en el tiempo en que la Tierra completa su órbita alrededor del Sol. De este modo el Creador proporcionó un medio para medir el tiempo en términos de años. Además, con las fases regulares de la Luna se puede subdividir el año en períodos más cortos. Este modo de medir el tiempo está indicado en el mismo comienzo del registro bíblico. (Génesis 1:14-16; 8:22.) Génesis habla de lumbreras que resplandecen sobre la tierra “para hacer una división entre el día y la noche.” (Génesis 1:14-18) Pues bien, esas palabras fueron escritas por Moisés en el siglo dieciséis antes de nuestra era común. Note sólo uno de los conceptos extravagantes que existían entonces sobre este tema. Paul Couderc, astrónomo del Observatorio de París, escribió: “Hasta el siglo quinto antes de nuestra era común los hombres estaban equivocados con relación a la cuestión fundamental acerca del día y la noche. Para ellos, la luz era un vapor claro, mientras que la oscuridad era un vapor negro que, de noche, ascendía del suelo.” ¡Qué contraste entre esto y la declaración breve y científicamente precisa que se hace en la Biblia respecto a lo que es causa del día y la noche en nuestro planeta!

Los que vivían durante el tiempo en que se estaba escribiendo la Biblia tenían ideas extrañas con relación a la forma y el fundamento de la Tierra. Según la antigua cosmología egipcia, “el universo es una caja rectangular, colocada en posición de norte a sur, como Egipto. La Tierra está situada abajo, como una llanura ligeramente cóncava que tiene a Egipto en el centro. . . . En los cuatro puntos cardinales, las cimas de unas montañas muy altas sostienen el cielo. El cielo es una cubierta metálica, plana o encorvada hacia el exterior, llena de agujeros. De este cielo cuelgan estrellas, semejantes a lámparas colgadas de cables.” ¡Que diferencia con lo que dice la Biblia! (Isaías 40:22; Job 26:7) 

Es también digno de mención que en Génesis 1:16 no se usa el verbo hebreo ba·ráʼ, que significa “crear”, sino que se emplea el verbo hebreo ʽa·sáh, cuyo significado es “hacer”. Como el Sol, la Luna y las estrellas están incluidos en “los cielos” mencionados en Génesis 1:1, estos astros se crearon mucho antes del Día Cuarto. En ese “día” Dios procedió a “hacer” que dichos cuerpos celestes llegaran a tener una nueva relación con respecto a la superficie terrestre y a la expansión que había sobre ella. Las palabras: “Las puso Dios en la expansión de los cielos para brillar sobre la tierra”, deben indicar que en ese momento se hacían distinguibles desde la superficie de la Tierra, como si estuvieran en la expansión. Además, las lumbreras tenían que “servir de señales y para estaciones y para días y años”, lo que significaba que el hombre podría utilizarlas como guía de distintas maneras. (Génesis 1:14.) Esto tambien armoniza con la ciencia. El Dr. Wernher von Braun, científico especializado en cohetes, dijo: “Las leyes naturales del universo son tan precisas que no se nos hace difícil construir una nave espacial para volar a la Luna, y podemos medir el tiempo del vuelo con la precisión de una fracción de segundo. Estas leyes tienen que haber sido establecidas por alguien”      

20 "Entonces Dios dijo: “Que las aguas se llenen de seres vivos y que los animales voladores vuelen por encima de la tierra a través de la expansión de los cielos”. 21 Así que Dios creó los grandes animales marinos y todos los seres vivos que se mueven y enjambran en las aguas según sus géneros, y todos los animales con alas que vuelan según sus géneros. Y Dios vio que esto era bueno. 22 Luego Dios los bendijo así: “Reprodúzcanse, sean muchos y llenen los mares. Y que los animales voladores se multipliquen en la tierra”. 23 Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el quinto día. 24 Entonces Dios dijo: “Que la tierra produzca seres vivos según sus géneros: animales domésticos, animales que se arrastran y animales salvajes de la tierra según sus géneros”. Y así ocurrió. 25 Dios pasó a hacer a los animales salvajes de la tierra según sus géneros, a los animales domésticos según sus géneros y a los animales que se arrastran según sus géneros. Y Dios vio que esto era bueno."Génesis 1:20-25  

El Día Quinto vio la creación en la Tierra de las primeras almas no humanas. Dios no se propuso que las demás formas de vida evolucionaran de una sola criatura, sino que literalmente enjambres de almas vivientes llegaron a existir por el poder divino. Dice el registro: “Dios procedió a crear los grandes monstruos marinos y toda alma viviente que se mueve, los cuales las aguas enjambraron según sus géneros, y toda criatura voladora alada según su género”. Complacido con su creación, Dios la bendijo y dijo que ‘se hicieran muchos’, lo que era posible porque Él había dotado a estas criaturas de muchas familias genéricas distintas con la facultad de reproducirse “según sus géneros”. (Génesis 1:20-23.) 

La palabra hebrea que se traduce “criaturas voladoras” en Génesis 1:20 es ʽohf, un término que puede abarcar insectos alados y reptiles voladores como los pterosaurios. Puede que los primeros insectos precedieran a criaturas como los pterosaurios, y que estos reptiles voladores de alas membranosas aparecieran antes que las aves y los mamíferos.

El relato bíblico sobre la creación no registra todo detalle de las obras creativas de Jehová Dios, sino que enumera algunos de los principales acontecimientos que sucedieron durante la preparación de la Tierra para recibir a los seres vivos y explica la aparición ordenada de grandes categorías de vida vegetal y animal. Por eso el registro de Génesis no presenta por separado a los insectos alados, los reptiles voladores y las aves, sino que los agrupa a todos bajo un mismo término hebreo general y abarcador que se traduce “criaturas voladoras” 

El relato de la creación que se encuentra en el primer capítulo de Génesis manifiesta que Jehová Dios creó a todas las criaturas vivientes de la Tierra “según sus géneros”. (Génesis 1:11, nota.) Hacia la parte final del sexto día creativo ya habían sido creadas gran variedad de familias ‘genéricas’ básicas sobre la Tierra, que comprendían formas de vida muy complejas, todas ellas con la facultad de reproducirse, de acuerdo con un patrón fijo y ordenado, “según sus géneros”. (Génesis 1:12, 21, 22, 24, 25; 1 Corintios 14:33.)

En años recientes el término “especie” se ha usado de tal manera que ha causado confusión al compararlo con la palabra “género”. El sentido primario de “especie” es “conjunto de cosas que forman un grupo, por tener uno o varios caracteres comunes”, pero en el campo de la biología se aplica a conjuntos de animales o plantas que pueden fecundar entre sí y que tienen una o varias características comunes. Por lo tanto, podría haber muchas especies o variedades dentro de cada uno de los ‘géneros’ de Génesis.

Tanto por la explicación de la creación que se da en la Biblia como por las leyes implantadas por Dios para el control del mundo natural, es perfectamente explicable la gran diversidad que se observa dentro de cada “género” creado, pero no hay base alguna para sostener, como hacen algunos, que desde que terminó el período creativo han aparecido nuevos “géneros”. La regla invariable de que no puede haber procreación entre “géneros” distintos responde a un principio biológico hasta la fecha incuestionable. Ni siquiera con la ayuda de avanzados laboratorios y la tecnología moderna se han podido formar en la actualidad nuevos “géneros”. Además, la fecundación entre “géneros” distintos afectaría el propósito divino de tener familias genéricas separadas y destruiría la individualidad de las diversas especies de criaturas vivientes, flora y fauna en general. Por consiguiente, en vista de la evidente diferenciación de los “géneros” creados, se puede considerar que un “género” es una unidad separada e independiente de los demás.

Desde que existen registros hasta hoy, los perros siempre han sido perros, los gatos, gatos, y los elefantes han sido y serán elefantes. La esterilidad sigue siendo el factor delimitante de lo que constituye un “género”. Este fenómeno hace posible —mediante la prueba de la esterilidad— determinar los límites de todos los “géneros” que existen hoy. Mediante esta prueba natural de fertilización, es posible descubrir las relaciones primarias dentro del mundo animal y vegetal. Por ejemplo, la frontera de la esterilidad representa un vacío infranqueable entre el hombre y los animales. Pruebas de apareamiento que se han realizado demuestran que el mero parecido entre dos “géneros” no es un criterio válido para catalogarlos como de la misma especie. Si bien el hombre y el chimpancé tienen algún parecido entre sí, músculos y osamenta semejantes, la total imposibilidad de conseguir un híbrido de hombre y antropoide demuestra que estamos ante dos creaciones separadas que no corresponden al mismo “género” creado.

Hubo un tiempo en el que se pensó que la hibridación sería el mejor medio de producir un nuevo “género”, pero en todos los casos en los que supuestamente se había conseguido un resultado positivo, se pudo demostrar con relativa facilidad que los individuos apareados eran de un mismo “género”, como en el caso del caballo y del burro, ambos équidos. El resultado de este cruce es la mula, que, salvo en raras excepciones, es estéril y, por lo tanto, incapaz de reproducirse por el medio natural. El propio Charles Darwin se vio obligado a reconocer que la “distinción de las formas específicas y el no estar ligadas entre sí por innumerables [eslabones] de transición, es una dificultad muy evidente”. (El origen de las especies, editorial EDAF, 1985, cap. 10, pág. 315.) Esta afirmación sigue siendo cierta.

Si bien es posible que el número de “géneros” creados se limite a unos centenares, existen en el mundo muchas más variedades de animales y plantas. Según la investigación moderna, en una misma familia botánica puede haber hasta centenares de miles de plantas diferentes. Algo parecido sucede en el reino animal; por ejemplo, en el “género” de los félidos puede haber una gran variedad de gatos, al igual que hay variedad entre los bóvidos, los cánidos y hasta en la especie humana, lo que ha producido una gran diversidad dentro de cada “género”. Pero aun así, prevalece un hecho fundamental: sin importar cuánta variedad haya dentro de ellos no puede haber fusión genética entre estos géneros.

La investigación geológica ha aportado pruebas inconfundibles de que los fósiles de los especímenes más antiguos de un determinado animal son muy parecidos a sus descendientes actuales. Por ejemplo, las cucarachas fósiles halladas entre lo que se supone que son los fósiles de insectos más antiguos son idénticas a las actuales. Hay una total ausencia de fósiles de transición entre un “género” y otro. El caballo, el elefante, el águila, el roble, el nogal, el helecho..., todos permanecen circunscritos a su “género”, sin evolucionar hacia “géneros” distintos. El testimonio del registro fósil concuerda plenamente con el relato bíblico de la creación, que muestra que en el transcurso de los últimos días creativos Jehová creó todas las formas de vida que existen sobre la Tierra en gran cantidad y “según sus géneros”. (Génesis 1:20-25.)

Todo lo considerado permite deducir que Noé pudo seleccionar las especies animales necesarias para preservarlas en el arca durante el Diluvio. La Biblia no dice que tuviese que escoger un animal de cada una de las variedades existentes. De hecho, dice: “De las criaturas voladoras según sus géneros y de los animales domésticos según sus géneros, de todos los animales movientes del suelo según sus géneros, dos de cada uno entrarán a donde ti allí para conservarlos vivos”. (Génesis 6:20; 7:14, 15.) Jehová Dios sabía que solo era necesario salvar especímenes representativos de cada “género”, ya que después del Diluvio se reproducirían en todas sus variedades. 

Después que las aguas del Diluvio remitieron, salieron del arca los relativamente pocos “géneros” de animales que habían sido conservados con vida, se dispersaron por toda la superficie de la Tierra y, con el transcurso del tiempo, produjeron una gran variedad dentro de sus respectivos “géneros”. Aunque desde entonces han aparecido muchas variedades nuevas, los “géneros” que sobrevivieron al Diluvio han permanecido invariables, sin experimentar cambio alguno en plena concordancia con la inmutable palabra de Jehová Dios. (Isaías 55:8-11.)   

Vyskočil, František, profesor de Neurofisiología, dijo en una entrevista: 

"¿Pensó en la figura de Dios alguna vez?

En cierto modo sí. A veces me preguntaba por qué muchas personas cultas, entre ellas algunos de mis profesores, eran creyentes, aunque no abiertamente debido al régimen comunista. Para mí, Dios era invención del hombre; además, estaba indignado por las atrocidades cometidas en nombre de la religión.

¿Cómo cambió de parecer sobre la evolución?

Comenzaron a invadirme las dudas al estudiar las sinapsis. Me caló hondo la asombrosa complejidad de estas aparentemente sencillas conexiones entre las células nerviosas. “¿Cómo es posible que las sinapsis y los programas genéticos que las controlan sean producto del ciego azar?”, me preguntaba. La verdad es que no tenía sentido.

Luego, a principios de la década de los setenta, asistí a una conferencia de un famoso científico y profesor ruso, quien aseguró que los organismos vivos no proceden de mutaciones casuales ni de la selección natural. Uno de los presentes le preguntó cómo podía estar tan seguro. Y el profesor, sacando del bolsillo de su chaqueta una Biblia en ruso y sosteniéndola en alto, respondió: “Lea la Biblia, especialmente el relato del Génesis sobre la creación”.

Más tarde, en la recepción, le pregunté al profesor si decía en serio lo de leer la Biblia. En esencia contestó: “Las simples bacterias se dividen cada veinte minutos más o menos y poseen muchos centenares de diferentes proteínas, cada una de las cuales contiene veinte tipos de aminoácidos organizados en cadenas que pueden alcanzar cientos de eslabones. La evolución de las bacterias a base de sucesivas mutaciones favorables tomaría muchísimo tiempo, mucho más de tres o cuatro mil millones de años, el tiempo que muchos científicos creen que lleva la vida en la Tierra”. El profesor opinaba que lo que decía el libro bíblico de Génesis era más lógico.

¿Qué efecto tuvieron en usted los comentarios del profesor?

Sus observaciones, aunadas a mis persistentes dudas, me impulsaron a comentar el tema con varios amigos y colegas creyentes, pero no me convencieron sus ideas. Un día hablé con un farmacólogo que era testigo de Jehová. Pasó tres años dándonos clases bíblicas a mí y a mi esposa, Ema. Dos cosas nos sorprendieron. Primero, que el “cristianismo” tradicional tiene muy poco en común con la Biblia. Segundo, que la Biblia, aunque no es un libro científico, en realidad armoniza con la ciencia verdadera.

¿Le ha impedido su cambio de opinión seguir con sus investigaciones científicas?

No, en absoluto. Todo buen científico, sean cuales sean sus creencias, debe ser lo más objetivo posible. Pero mi fe me ha cambiado. En vez de ser extremadamente autosuficiente y competitivo y estar orgulloso de mis habilidades científicas, se las agradezco a Dios. Además, ya no atribuyo indebidamente los asombrosos diseños de la creación al ciego azar, sino que, al igual que otros muchos científicos, me pregunto: “¿Cómo hizo Dios esto?”.   

E aquí otros comentarios de científicos reconocidos, al respecto:

El biólogo Russell Charles Artist, dijo: “Al tratar de explicar el principio [de la célula] y su continuo funcionamiento, nos encaramos a dificultades tremendas, insuperables, a menos que sostengamos con argumentos razonables y lógicos que la creó un ser inteligente”. 

El geofísico John R. Baumgardner señala: “Frente a unas probabilidades desfavorables en grado sumo, ¿Qué científico honrado puede apelar a la acción del azar como explicación de la complejidad de los seres vivos? Actuar así cuando se tiene conciencia de estos números es, en mi opinión, una grave violación de la integridad científica”.

El bioquímico molecular Michael Behe escribe: “En las últimas cuatro décadas la bioquímica moderna ha develado los secretos de la célula. [...] El resultado de estos esfuerzos acumulativos para investigar la célula —para investigar la vida a nivel molecular— es un estridente, claro y penetrante grito de ‘¡Diseño!’”.

Francis Collins, físico y genetista,  y director del Proyecto del Genoma Humano dice: La religión me ayuda muchísimo a comprender y valorar la ciencia”Y añade: “Cuando descubro algo sobre el genoma humano y entonces recapacito sobre el misterio de la vida, me invade un sentimiento de asombro, admiración y respeto reverencial. Me digo: ‘¡Qué maravilla! ¡Solo Dios lo sabía de antemano!’. Es una sensación sumamente hermosa y conmovedora que me motiva a apreciar a Dios y que hace que la ciencia me resulte aún más gratificante”.

Antony Flew, profesor de filosofía que durante mucho tiempo fue ardiente defensor del ateísmo. Cuando comprendió la enorme complejidad de los seres vivos y las leyes del universo, Flew cambió su forma de pensar. ¿Por qué? Porque se dejó guiar por este antiguo principio: “Sigue el argumento a donde sea que te lleve”. Para él, las pruebas eran claras: tiene que existir un Creador.     

El profesor Maciej Giertych, renombrado genetista del Instituto de Dendrología de la Academia Polaca de Ciencias, respondió lo siguiente en una entrevista para un documental: “Somos ahora conscientes de la impresionante cantidad de información contenida en los genes. La ciencia no es capaz de explicar cómo puede surgir espontáneamente esta información. Se requiere una inteligencia; no puede producirse mediante sucesos fortuitos. La mezcla de letras no produce palabras.” Y añadió: “Por ejemplo, el complejísimo sistema replicativo del ADN, el ARN y las proteínas en la célula debe haber sido perfecto desde el mismo principio. De no haber sido así, no existirían organismos vivos. La única explicación lógica es que esta inmensa cantidad de información proceda de una inteligencia”.   

El doctor Yan-Der Hsuuw es el director de investigación embrionaria de la Universidad Nacional de Ciencia y Tecnología de Pingtung, en Taiwán. También creía en la evolución, hasta que su investigación lo llevó a otra conclusión. Hablando de la división y la diferenciación de las células, comentó: “La célula que se forma debe ser la que se necesita y debe producirse en el orden específico y en el lugar indicado. Primero se agrupan para formar tejidos, que luego formarán órganos y extremidades. Ningún ingeniero sería capaz de escribir las instrucciones de un proceso tan complejo. Pero el desarrollo de un embrión está perfectamente detallado en el ADN. Cuando pienso en lo maravilloso que es este proceso, estoy seguro de que Dios diseñó y creó la vida”.   

26 "Entonces Dios dijo: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza y que tenga autoridad sobre los peces del mar, los animales voladores de los cielos y los animales domésticos, sobre toda la tierra y sobre los animales que se arrastran sobre la tierra”. 27 Así que Dios pasó a crear al ser humano a su imagen. A la imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer los creó. (...) 31 Después de eso, Dios vio todo lo que había hecho y, ¡mire!, todo era muy bueno. Y hubo tarde y hubo mañana. Ese fue el sexto día."  -Génesis 1:26-31 

¿En qué sentido fue hecho a la semejanza de Dios?

Habiendo sido hecho a la semejanza de su Magnífico Creador, Adán tenía los atributos divinos de amor, sabiduría, justicia y poder. En consecuencia, poseía un sentido de moralidad que implicaba una conciencia, algo completamente nuevo en el ámbito de la vida terrestre. Al estar hecho a la imagen de Dios, habría de administrar toda la Tierra y tener en sujeción a las criaturas terrestres y marinas, así como a las aves del cielo.

No era necesario que fuese una criatura espíritu, en su totalidad o en parte, para que poseyera las cualidades divinas. Jehová formó al hombre de los elementos del polvo del suelo y puso en él la fuerza de vida, de modo que llegó a ser alma viviente, dotado con la capacidad de reflejar la imagen y semejanza de su Creador. “El primer hombre procede de la tierra y es hecho de polvo.” “El primer hombre, Adán, llegó a ser alma viviente.” (Génesis 2:7; 1 Corintios 15:45, 47.) Esto sucedía en el año 4026 a. E.C., probablemente en el otoño, ya que los calendarios más antiguos comenzaban a contar el tiempo en esa época del año, alrededor del 1 de octubre, es decir, en la primera luna nueva del año civil lunar.

¿Qué dice la Ciencia?          

En los últimos años, los científicos han profundizado sus conocimientos de la genética humana. Al comparar el material genético del ser humano de diferentes partes de la Tierra, han podido comprobar que la humanidad posee un antepasado común. Todo ser humano que ha vivido en el planeta, incluidos nosotros, ha recibido su ADN de la misma fuente. En 1988, la revista Newsweek presentó esos hallazgos en un artículo titulado “La búsqueda de Adán y Eva”. Esos estudios se basaron en un tipo de ADN mitocondrial, material genético que se transmite solo por medio de la madre. Otros informes publicados en 1995 sobre investigaciones del ADN masculino señalan a la misma conclusión: que “hubo un ‘Adán’ ancestral, cuyo material genético en el cromosoma [Y] es común a todos los hombres que viven hoy en la Tierra”, según lo expresó la revista Time. Sea que estos hallazgos sean exactos en todo detalle o no, ilustran que la historia que encontramos en Génesis, inspirada por Aquel que la protagonizó, es perfectamente creíble.

La creación física alcanzó su clímax cuando Dios juntó algunos elementos de la Tierra para formar a su primer hijo humano, a quien dio el nombre de Adán (Lucas 3:38). El relato histórico nos dice que el Creador del planeta y la vida que hay en él colocó al hombre que había hecho en un jardín “para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15). Es posible que en aquel tiempo el Creador aún estuviera produciendo nuevos géneros de animales. La Biblia dice: “Dios estaba formando del suelo toda bestia salvaje del campo y toda criatura voladora de los cielos, y empezó a traerlas al hombre para ver lo que llamaría a cada una; y lo que el hombre la llamaba, a cada alma viviente, ese era su nombre” (Génesis 2:19). La Biblia no da a entender de ningún modo que el primer hombre, Adán, fuera una simple figura mitológica. Por el contrario, fue un personaje real, un ser humano que pensaba y sentía, y que podía realizarse en aquel hogar paradisíaco. Todos los días aprendía algo más de la obra, las cualidades y la personalidad de su Creador. A menudo, los seres humanos se ayudan unos a otros, aunque para ello tengan que hacer sacrificios personales. Por eso, no es de extrañar que la bondad hacia los semejantes reciba el nombre de “humanidad”.

Esa disposición a ayudar, aunque implique echar a un lado los propios intereses, se ve en todas las razas y culturas. Este hecho contradice la teoría de que el hombre es el resultado de la evolución, es decir, de un proceso regido por la ley de la selva en el que sobreviven las especies más aptas. Así lo reconoció Francis S. Collins, genetista al que la administración estadounidense puso a cargo del equipo que trazó el mapa del genoma humano (ADN): “El altruismo presenta un grave desafío al evolucionista. [...] Es imposible entender que exista ese espíritu desinteresado partiendo de genes egoístas cuyo único afán es perpetuarse”. Y en otra ocasión comentó: “Algunas personas se sacrifican por otras, ajenas a su grupo, con las cuales nada tienen en común [...]. Al parecer, esto no puede explicarse con el modelo darwiniano”.

En esta misma línea, el astrónomo Owen Gingerich, profesor investigador de la Universidad de Harvard, escribió: “El altruismo bien pudiera plantear una pregunta que carece [...] de respuesta científica basada en la observación de los animales. Tal vez sea porque la explicación más convincente se encuentre en otro ámbito y se refiera a los dones divinos que nos distinguen como humanos, uno de los cuales es la conciencia”.     

Les dejo aquí otros comentarios y refutaciones a la evolución.  

Derek Prince dijo: “Yo soy lo suficiente ingenuo como para creer que sucedió de la manera como lo describe la Biblia. He sido profesor de la universidad más grande de Gran Bretaña [Cambridge] durante nueve años. Poseo varios títulos y distinciones académicas, y siento de muchas maneras que soy muy calificado intelectualmente, pero no me siento de ninguna manera intelectualmente inferior, cuando digo que creo en el relato bíblico de la creación. Antes de creer en la Biblia estudié muchas otras formas de explicar el origen del hombre y las encontré a todas insuficientes y en muchos casos llevaban implícita una contracción. Me dediqué a estudiar la Biblia como un filósofo profesional, no como un creyente, y me dije a mí mismo: ‘Por lo menos no puede ser más insensata que algunas de las otras cosas que he oído’, y para mi sorpresa, descubrí que tenía la respuesta”. 

La evolución parece ofrecer más preguntas que respuestas. Piense un poco, usted, Sr Evolucionista, si toda criatura evolucionó sin un Creador, hay numerosos problemas en la evolución “científica”. Tomemos por ejemplo la primer ave. ¿Respiró el ave? ¿Respiró antes de que evolucionaran los pulmones? ¿Cómo lo hizo? ¿Por qué evolucionaron los pulmones si estaba felizmente sobreviviendo sin ellos? ¿Cómo sabía qué necesitaba evolucionar si su cerebro aún no había evolucionado? ¿Tenía pico el ave? ¿Cómo comía antes de que evolucionara el pico? ¿A dónde enviaba el pico la comida antes de que evolucionara el buche? ¿Cómo tenía energía el ave si no comía (porque aún no tenía un pico)? ¿Cómo veía el ave lo que había para comer antes de que evolucionaran sus ojos? La evolución es, sin duda, un suicidio intelectual.  
El profesor Louis Bounoure, Director de investigación del Centro Nacional de Investigación Científica, declaró con toda la razón: “La evolución es un cuento de hadas para adultos. Esta teoría no ha ayudado nada en el progreso de la ciencia. Es inútil”.

Michael Ruse, en su libro Darwin’s Theory: An Exercise in Science, dijo: “Un número creciente de científicos, muy especialmente un número cada vez mayor de los evolucionistas... argumentan que la teoría evolutiva de Darwin no es una teoría científica genuina en absoluto... Muchos de los críticos tienen los más altos méritos intelectuales”.

El Dr. T.N. Tahmisian, de la Comisión de Energía Atómica, dijo: “Los científicos que andan enseñando que la evolución es un hecho de la vida son unos grandes  estafadores, y la historia que cuentan puede ser el mayor engaño de todos”. 


El Dr. Colin Patterson, paleontólogo de alto nivel del Museo Británico de Historia Natural, dio un discurso en el Museo Estadounidense de Historia Natural, de Nueva York, en 1981. Explicó en este, su repentina perspectiva “anti-evolutiva”:

"Me desperté una mañana... . me di cuenta que había
estado trabajando en esto durante veinte años y no había
nada que supiera al respecto. Qué gran sorpresa saber que
uno pueda ser engañado tanto tiempo... He intentado
plantear una simple pregunta a varias personas: “¿Puede
decirme cualquier cosa que sepa acerca de la evolución,
alguna cosa, cualquier cosa que sea verdad?”. Formulé esta
pregunta al personal de geología del Museo Field de
Historia Natural y la única respuesta que obtuve fue el
silencio. Lo probé con los miembros del Seminario de
Morfología Evolutiva en la Universidad de Chicago, un
grupo muy prestigioso de evolucionistas, y lo único que
recibí fue un largo silencio, hasta que finalmente, una
persona dijo: “Yo sé una cosa: no se debería enseñar en la 
escuela secundaria”.

La religión de la evolución

Si no hay evidencia de la evolución, ¿por qué se promueve la teoría con tanta vehemencia? Sir Arthur Keith, quien escribió el prólogo de El origen de las especies (centésima edición), admitió: “La evolución no es probada ni demostrable. Lo creemos sólo porque la única alternativa es la
creación especial, y eso es impensable”.

H. S. Lipson, profesor de física de la Universidad de Manchester, Reino Unido, dijo: “De hecho, la evolución se convirtió en un sentido en una religión científica; casi todos los científicos la han aceptado y muchos están dispuestos a ‘transar’ sus observaciones para que concuerden con ella”.

El profesor Lipson tiene la razón. La evolución es una religión. Echemos un vistazo a cómo las personas se convierten en “creyentes”. Alguien compartió su fe en la evolución con un incrédulo, que con el tiempo llegó a creer en esta teoría. Él no tuvo que abandonar el pecado. Simplemente tuvo que renunciar a su creencia en la creación bíblica. Este cree, sin una pizca de evidencia. Sus creencias se basan en el “eslabón perdido”. Nadie tiene el eslabón perdido, pero el evolucionista está convencido de que está allí, en alguna parte.

El rechazo del relato bíblico de la creación tal como aparece en el libro del Génesis podría con toda la razón llamarse “Genecidio” porque erradicó el propósito de la existencia del hombre y dejó a toda una generación sin ninguna certeza en cuanto a su origen. En consecuencia, las teorías y los relatos de nuestro origen han surgido sigilosamente como fango primitivo de la mente de aquellos que no conocen a Dios. Este genocidio intelectual les ha dado a los impíos una licencia temporal para esforzar al extremo su imaginación, dando a luz a la conjetura dolorosa del inicio del ser humano.

Hablan con especulación, el idioma incierto de los que se dejan llevar sin rumbo a través del mar sin fin de la filosofía secular. Las Escrituras, por el contrario, tratan solamente con la verdad y la certeza. Hablan del hecho, la realidad y el propósito de la existencia del hombre. La oscuridad del mar embravecido de la irrealidad desaparece donde comienza el faro del Génesis. 

La Biblia que nunca cambia, la teoría de la evolución que siempre cambia

De acuerdo con un informe de NBC News de agosto de 1999, se produjo un descubrimiento “notable” en Australia. El Journal of Science informó que habían encontrado lo que consideraban como una prueba de que la vida apareció en la Tierra hace 2,7 miles de millones de años, lo cual es mil millones de años antes de lo que se pensaba. Ahora admiten que se equivocaron en su primera estimación (un simple desacierto de 1.000.000.000 de años), pero con este descubrimiento ahora tienen la certeza de que tienen la verdad.... hasta su próximo descubrimiento.

CBS News informó en octubre de 1999 que se hicieron descubrimientos de los huesos de un animal desconocido en Asia que pueden ser de hasta cuarenta millones de años. Esto cambió el pensamiento científico en cuanto a dónde se originó el primer hombre. Los científicos creían que los primates evolucionaron en África, pero ahora piensan que pueden estar equivocados, y que los ancestros de ese hombre pudieron tener su origen en Asia. Así lo creen... hasta el próximo descubrimiento.

El USA Today (21 de marzo de 2001) informó: “Los paleontólogos descubrieron un nuevo esqueleto en el armario del linaje humano que es probable que obligue a la ciencia a revisar, si no descartar, las teorías actuales del origen humano”. La agencia Reuters informó que el descubrimiento dejó “confundidos a los científicos que promueven la evolución humana. . .—al decir que—Lucy incluso puede que no sea un ancestro humano directo después de todo”.

La evolución y la edad del hombre

“Los científicos evolucionistas que creen que el hombre existió por más de un millón de años tienen un problema casi insuperable. Bajo el supuesto de cuarenta y tres años de una generación humana promedio, el crecimiento de la población durante un millón de años produciría 23.256 generaciones consecutivas. Calculamos la población esperada, comenzando hace un par de millones de años y empleamos la misma hipótesis de una generación de cuarenta y tres años, y 2,5 hijos por familia....la teoría de la evolución de un millón de años de crecimiento produciría billones X billones X billones X billones de personas que deberían estar hoy en día vivos en nuestro planeta. Para poner esto en perspectiva, este número es mucho mayor que el número total de átomos en nuestro universo enorme.

Si la humanidad hubiera vivido en la tierra por un millón de años, todos estaríamos parados sobre montañas enormemente altas de los restos óseos de los billones de esqueletos de los que habrían muerto en las generaciones pasadas. Sin embargo, a pesar de la enorme investigación arqueológica y científica en los últimos dos siglos, los científicos no han encontrado una fracción de los billones de esqueletos predichos por la teoría de los científicos evolucionistas”. Grant R. Jeffery, La firma de Dios

El problema de la sangre

Las plaquetas desempeñan un papel importante en la prevención de la pérdida de la sangre, al comenzar una reacción en cadena que resulta en la coagulación de la sangre. Las plaquetas responden para ayudar a la coagulación de la sangre y detener el sangrado después de un breve periodo de tiempo, cuando la sangre comienza a fluir de una cortadura o raspadura. Las plaquetas promueven el proceso de coagulación, agrupándose y formando un tapón en el sitio de la herida y liberando posteriormente las proteínas llamadas “factores de coagulación”. Estas proteínas comienzan una serie de reacciones químicas que son extremadamente complicadas. Cada paso de la coagulación debe ocurrir sin problemas para que se forme el coágulo. Si hace falta o es defectuoso alguno de los factores de coagulación, no actúa el proceso de coagulación. 

Un trastorno genético grave conocido como la “hemofilia” resulta de un defecto en alguno de los genes del factor de coagulación. Los pacientes con hemofilia pueden sangrar sin control incluso debido a pequeños cortes o raspaduras, porque carecen de alguno de los factores de coagulación. Deben ocurrir doce reacciones químicas individuales y específicas en nuestra sangre, para que se forme un coágulo de sangre. Si la evolución fuera verdad y si este proceso de doce pasos no ocurrió en la primera generación (es decir, si alguna de estas reacciones específicas no actuó en su proceso y orden exacto), ninguna criatura habría sobrevivido. ¡Todos se habrían desangrado! 

Viendo las evidencias, es claro que la Biblia bajo la lupa de la ciencia es exacta, y confirmamos lo que dijo el conocido geólogo Wallace Pratt:  

“Si se me pidiera que, como geólogo, explicara brevemente nuestras ideas modernas del origen de la Tierra y el desarrollo de la vida en ella a un pueblo sencillo y pastoril como las tribus a las cuales se dirigió el libro de Génesis, difícilmente podría hacerlo mejor que siguiendo bastante de cerca gran parte del lenguaje del primer capítulo de Génesis”.    

Literatura recomendada:  

1.- La vida... ¿cómo se presento aquí? ¿por evolución, o por creación?

2.- El Caso del Creador - Lee Strobel

3.- EL PRINCIPIO SEGÚN EL GÉNESIS Y LA CIENCIA: Siete días que dividieron el mundo - John C. Lennox

4.- ¿Existe un Creador que se interese por nosotros?

5.- Fe Razonable: Apologética y Veracidad Cristiana - William Lane Craig

6.- The Kalam Cosmological Argument - William Lane Craig 

7.- ¿Dios existe? El libro que todo creyente deberá (y todo ateo temerá) leer - Dante A. Urbina 


"Encuentro más huellas de autenticidad en la Biblia que en la historia profana".  - Sir Isaac Newton

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